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Los casos de Ángel Michigan, por Frunobulax y Glòria Langreo

Ángel Fernández es un adolescente madrileño, amante de todo tipo de historias de detectives y misterios, que un día, aburrido de tanto estudiar, decide disfrazarse de señor mayor y jugar a ser investigador privado. Pero en el mundo de los adultos, pocas cosas son un juego. El autor de estas aventuras escribe un blog sobre los Simpson y los tebeos. Las ilustraciones son de Glòria Langreo.

10. ¡Músculos machacar gordinflas!

Frunobulax y Glòria Langreo | 15 mayo 2010



Susana y yo, prepararíamos un plan para quitarnos de encima las sospechas de la policía. Y sobre todo, nos dedicaríamos a buscar pruebas para dar a conocer al mundo la existencia del malvado grupo secreto El Linimento.

Esa misma tarde, mi madre se había ido a casa de sus amigas, las vecinas del bloque donde vivimos, a echar la partida semanal de cartas. Mi padre tenía clase de karate. Pensé que mi casa sería el lugar ideal para reunirnos, sin levantar sospechas. Susana y yo volvimos a clase, para evitar ser castigados o que avisaran a nuestros padres por nuestra ausencia. Y nada más salir del colegio, quedamos en la Plaza de Quevedo, compramos unas bolsas de patatas fritas y una enorme botella de limonada, y nos dirigimos hacia mi casa.

Susana iba muy atenta, por si descubría a alguien sospechoso vigilándonos. Decidió que sería mejor que fuésemos de uno en uno. Yo me quedé esperando sentado en un banco, y le dejé a Susana las llaves. En unos segundos, se dirigió hacia mi portal sin levantar sospechas, caminando tranquilamente. Abrió la puerta y me esperaría en el salón. Ahora era mi turno.

Me levanté del banco y me di la vuelta, despacito, mirando a todos lados. Cuando me giré, de pronto el corazón me dio un vuelco.

— Hola, gordito.

A dos metros de mí estaba Víctor. Víctor es el más fuerte de la clase. El único de clase que tiene novia, y que es capaz, según cuentan, de partir en dos un listín telefónico con las manos. Yo sólo le he visto hacerlo con el libro de “mates”, que es bastante grueso, la verdad. También dicen que fue él quien mandó al hospital a Don Esmiz, el profesor de inglés, que lleva tres meses de baja (en realidad, yo creo que tuvo un accidente, pero por el colegio corre el rumor de que desapareció justo después de ponerle un cero a Víctor; quién sabe). Víctor es un chulo, un matón. Todas las chicas del colegio están loquitas por él, pero a mí me parece sólo un fanfarrón y un idiota. Espero que la vida le de lo que merece.

A, y me llama “gordito” para fastidiarme, pero en realidad no estoy gordo. Lo que pasa es que soy adicto a las palmeras de chocolate. ¡Es una enfermedad, jolín!

— Eso que le has dicho a Don Tomás sobre tus padres es mentira, gordito —me dijo Víctor—. He visto a tu padre salir de casa hace un rato, tranquilamente. ¿Por qué no has venido a clase hoy?

— ¿Y a tí qué te importa? —le dije, temblando un poquito de miedo, y mirando fijamente a sus manos, no fuera que se acercaran a mi cara de repente.

— Bueno, es que soy muy cotilla —me dijo, riéndose socarronamente—. Y tu madre está en casa de la mía, jugando a las cartas. La acabo de ver, la he preguntado si estaba bien después de la caída.

— ¿Por qué no te metes en tus asuntos, “Terminictor”? —así es como llamábamos a Víctor a sus espaldas. Y estaba a punto de comprobar que no le hacía mucha gracia. La cara de Víctor se volvió muy seria de repente. Apretó los puños y se acercó un paso más hacia mí.

— ¡No me mates! —grité.

— ¿Dónde vas ahora? Te he visto antes con la “chupadelbote”. ¿Es tu novia? —por lo menos, Terminictor se reía otra vez, y no parecía dispuesto a matarme… hoy.

— No te lo puedo decir, Víctor. Estamos haciendo un trabajo de clase.

— Voy a tu clase, idiota, y no nos han mandado ningún trabajo este mes.

— Es que es para subir nota —mentí—. Estamos haciendo un volcán de arcilla para la clase de ciencias —miento fatal, lo reconozco.

— Pues quiero verlo. Vamos a tu casa. Como soy muy buena persona, os voy a ayudar con el trabajo. Y como sea mentira, te voy a convertir la cabeza en un volcán.

Esto era lo que faltaba. El bestia de Víctor la había tomado conmigo, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para fastidiarme. Éste es capaz de ir al director a contarle cualquier cosa, o a mis padres, o incluso ponerse a gritarlo en mitad del patio. A veces me da mucha pena que se burle tanto de mí, porque es verdad que nuestras madres son muy amigas, y cuando éramos pequeños estábamos siempre jugando, e incluso nos bañaban juntos a veces. Ojalá le hubiese ahogado entonces en la bañera…

Víctor no pareció extrañarse mucho cuando llamé al telefonillo y contestó Susana. Le expliqué rapidamente, por el telefonillo, que “Terminictor” nos iba a ayudar a hacer el trabajo. “Terminictor” me pegó una fuerte colleja, y ello me recordó que en adelante tenía que llamarle sólo “Víctor”. Susana es tan lista, que seguro que había entendido la jugarreta. Cuando llegamos a mi casa, Susana había sacado sus libros de texto encima de una mesa.

— Hola, Víctor. ¿Nos vas a ayudar con el trabajo de lengua? —dijo Susana.

— Vaya —dijo Víctor entrando en mi salón—. ¿Pero no ibais a hacer un volcán? Vaya dos mentirosos estáis hechos. Se lo voy a decir a tu madre esta misma tarde.

Víctor había estado muchas veces en mi casa. Sin dudarlo, nos cogió la botella de limonada y encendió la televisión.

— A no ser que me contéis ahora mismo qué está pasando. Hoy han pasado muchas cosas raras en el colegio. “Gafotas”, “Gordi”, decidme ahora mismo qué es lo que pasa aquí.

— ¿De qué estás hablando? ¿Qué cosas raras han pasado? —dijo Susana, disimulando, como si nada.

— Los dos habéis desaparecido justo después de la clase del “Chispa” —el “Chispa” es el mote que los gamberros le habían puesto a Don Tomás—, y un rato después ha venido a clase ese señor tan raro con traje, preguntando por vosotros.

Susana y yo sentimos un mismo escalofrío a la vez, y nos acercamos al bruto de Víctor, mirándole fijamente, y preguntando «¿Qué señor?».

— Un tipo muy raro, grandote, muy fuerte, guapo, con esmoquin, gabardina y gafas de sol —tal y como le describía Víctor, parecía que se hubiese enamorado del misterioso visitante; pero no sería yo quien se lo dijera en ese momento…—. Ha estado hablando con el “Chispa”. Luego se ha quedado mirando hacia nuestros asientos, se ha despedido educadamente y se ha ido.

— Anda, qué cosa más rara —dije yo—. Pues yo hace un rato he visto un ciervo por la calle…

— Sí, y yo un burro volando, ¡no te fastidia! —estaba claro que Susana no se creía mi historia del ciervo, ¡pero os aseguro que lo vi!

— Bueno, a mí qué me importan los ciervos. Decidme ahora mismo qué pasa aquí, o me voy a enfadar, y vais a ir a vuestros padres y al Chispa.

Susana y yo nos miramos durante unos segundos, en silencio. Después miramos, a la vez, a los bíceps de Víctor. Después nos miramos otra vez. Miramos nuestros propios bíceps, escuálidos, imperceptibles. Luego volvimos a mirarnos levantando los hombros.

— Verás, Víctor. Será mejor que te sientes.

Media hora más tarde, Víctor estaba al corriente de todo lo que había pasado. Nos contó que el quiosquero le había preguntado por mí, y que había dicho algo sobre asesinatos y policías, así que creyó nuestra historia (el quiosquero, sin duda, había sido hipnotizado y ahora pensaba que yo era un asesino de verdad). Y estaba contentísimo, muy emocionado de formar parte del plan. Nosotros convenimos que sería mejor tenerle de nuestro lado. Al fin y al cabo, Víctor fue mi mejor amigo cuando éramos bebés. A lo mejor no estaba tan mal recuperar su amistad, y tenerle cerca, como guardaespaldas. La idea no sonaba tan mal. Y tendríamos asegurado su silencio.

Pero ahora había que pensar un plan. Necesitaríamos prismáticos. Walkie-talkies. Pistolas. Bueno, pistolas no. Pero sí disfraces, un buen escondite, y aprender un poco sobre preparar trampas.

— Una vez vi una película en la que un grupo de chicos derrotaban a toda una secta de asesinos —les conté—. Descubrieron su escondite, y llenaron sus cantimploras con un potente veneno. Me parece que se llamaba…

— No seas flipao —me interrumpió Víctor, al que me daban a veces muchas ganas de llamarle “Terminictor” —. Lo que tenemos que hacer es descubrir a los verdaderos asesinos. Conseguir pruebas, y luego ir a la prensa y a la policía.

— Si conseguimos engañarles, no será muy difícil llegar hasta su escondite, su cuartel general o el lugar de donde salgan —Susana pensaba en voz alta, mientras hacía dibujos sobre los matones en un papel. Susana, encima de guapa, dibujaba fenomenal—. Al fin y al cabo, ellos están todo el rato buscándonos —mordisqueó el lápiz—. Bastaría con quedarnos quietos en mitad de la plaza, rodeados de muchos testigos, y seguro que aparecían tipos sospechosos.

— ¿Os están siguiendo, o qué? —preguntó Víctor, que se había comido todas nuestras patatas, el muy gorrón.

— Sí, hemos visto a varios tíos de esos como los que dices que vinieron a clase —dije. Yo estaba de pie, muy nervioso, al lado de la ventana—.

— Pues no te quedes tan cerca de la ventana, podrían estar buscándote —dijo Víctor—. A lo mejor tienen robots en miniatura que espían por las ventanas.

— ¡Pues anda que no eres tú flipao ahora! —dije, riéndome… después de dar un salto enorme y alejarme de la ventana—. ¿Me das una patata?

Entonces Susana se levantó, y cerró la persiana casi hasta abajo, por si acaso, y se puso a observar la plaza. Vivo en un 3º, así que se ve distingue muy bien a la gente de la calle.

— ¡Mirad!, ahí al otro lado de la plaza, apoyado en una farola hay uno sospechoso —Víctor y yo nos acercamos, muy curiosos.

— Bueno, puede ser cualquiera —Víctor es que se creía muy listo—, sólo es un señor leyendo el periódico.

— ¡¿Y esos de allí?! —Susana se refería a cinco señores trajeados, que caminaban en fila india muy despacito, uno detrás del otro, rodeando el quiosco—. ¿No os parece que se comportan de una forma un poco rara?

— ¡Dame una patata, Víctor! —dije.

— Pues esos sí que se comportan de forma un poco rara, sí —Víctor aplastó la última bolsa de patatas casi vacía, y la tiró al suelo, llenándolo de migas—. Esos sí que son sospechosos. ¿Tú que crees, “Gordinflas”?

— Pues yo creo que como me sigas llamando gordo y te comas mis patatas, te voy a dar una patada en el culo y te echaremos del club —en ese momento me atreví a acercarme un poco más a la ventana, y asomé la nariz por debajo de la persiana. Efectivamente, había cinco señores que caminaban haciendo “eses” por la acera. Era bastante sospechoso—. Van vestidos igual que los que nos espiaban esta mañana en la cafetería, sí.

Y entonces caí en la cuenta de una cosa importante…

— ¡Anda! —dije—. ¡Y el ciervo les está persiguiendo!


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