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Con las cosas de comer, por Miguel A. Román

Cocinar no es un juego. Lo que hagamos aquí vamos a comérnoslo; así que mucha atención, disciplina, buen gusto y ganas de trabajar. Cada quince días una historia y una receta que podéis preparar vosotros mismos. A cocinar.
El autor de esta sección participa en Libro de Notas con una sección de cocina y otra de lengua.

El rey del Haba

Miguel A. Román | 5 enero 2013

Hacia 1640, Jacob Jordaens, uno de los grandes pintores flamencos, pintó varias versiones de un tema titulado “El rey bebe”. En el cuadro vemos un grupo de personas festejando en torno a un personaje con corona que bebe una copa de vino y tiene sobre la mesa un redondo pastel.

En el Renacimiento, la fiesta de la Epifanía o día de reyes, 6 de enero, se celebraba así en varios países de Europa, especialmente Francia e Inglaterra. Para ese día se preparaba un dulce en forma de rosca grande, el gateau de roi (pastel de rey), en el que se había introducido una haba seca en la masa. Un niño dividía el rosco en trozos iguales para cada uno de los habitantes de la casa, señores y sirvientes juntos.

Al que le tocaba el trozo que contenía el haba era nombrado “Roi de la fève”, el Rey del Haba, y durante ese día era el protagonista de una fiesta donde se comía y bebía en abundancia. Cada vez que el rey bebía de su copa, todos los asistentes debían gritar “el rey bebe, el rey bebe”, brindando, riendo y bromeando.

Se cuenta que a Luis XV, que fue nombrado rey de Francia con solo cinco añitos, su pastelero le hizo un gateau de roi pero sustituyendo el haba por un diamante engarzado en un medallón que los sirvientes de palacio le habían comprado como regalo. Todo el rosco para él, claro, que para eso ya era rey de verdad. Pero se dice que a partir de entonces se extendió la costumbre de repartir el dulce entre los más pequeños de la casa, nombrar rey del haba a uno de ellos y hacerle regalos (aunque no fueran medallones de diamantes).

En algunos sitios, como en España, el significado del haba ha variado un poco, y se ha hecho negativo (designa al que deberá pagar el rosco) y en algunos lugares se pone una moneda o figurita para elegir al rey (en México es un Niño Jesús), pero la forma y receta del roscón de reyes donde se esconden las sorpresas y la fortuna al elegir trozo siguen siendo una tradición que no ha cambiado y que se celebra en muchos sitios.

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Preparar un Roscón de Reyes es sencillo, aunque algo menos que comprarlo hecho (y no necesariamente más barato) pero desde luego es mucho más divertido y con la seguridad de que estará tierno, recién horneado.

Necesitaremos:

  • 300 gr de harina de trigo
  • 75 gr de azúcar
  • 1/2 vaso de leche
  • 75 gr de mantequilla
  • 1 huevo
  • 10 gr de levadura de panadería
  • 1 pellizquito de sal fina
  • ralladura de limón (o esencia de limón)
  • azúcar glasé (o impalpable) y fruta escarchada
  • 1 yema de huevo
  • 1 haba seca

Y también:

  • Batidora para masas
  • papel para horno
  • trapo o pañuelo de algodón
  • pincel de cocina
  • 1 bol hondo de cristal o plástico
  • Tijeras de cocina

Aunque la mayor parte del tiempo no tendremos que hacer nada sino esperar, hay que empezar al menos tres horas antes de cuando queramos que esté listo para comer.

Pesamos la harina y la ponemos en un bol. Si usamos levadura fresca la disolvemos en la leche tibia, pero si es granulada (liofilizada) la podemos mezclar directamente con la harina.

Importante: Hay que usar levadura de panadería, que es un producto que venden en daditos y conservados en nevera, o bien granulado en sobrecitos. La levadura natural es un producto biológico, un ser vivo. No lo confundáis con la levadura química o polvos de leudar (tipo “Royal”) que son unos polvos blancos que se usan para otras cosas.

Añadimos a la harina el azúcar y un poquito de sal, le damos forma de monte y le hacemos un “cráter” como de volcán. Ahí echamos la mitad de la leche y removemos para que se mezcle. Vamos añadiendo leche y empezamos a batir hasta añadir toda la leche. Luego añadimos la mantequilla, que debe estar blanda, el huevo un poco batido y la ralladura de limón (o unas gotas de esencia) y lo mezclamos todo con la batidora hasta que quede una masa homogénea y suelta. Podemos terminar de amasar con las manos un poco untadas de harina y la masa no debe pegarse a las manos (aunque se nos quedarán un poco grasientas: podéis usar papel de cocina para limpiároslas).

Hacemos una bola con la masa y la dejamos en el bol seco y cubierto con un paño limpio, a temperatura ambiente durante media hora o poco más.

Pasado este tiempo, la bola se habrá hinchado hasta casi el doble de su tamaño inicial y tendrá un aspecto suave y blando al tacto. Decimos que ha “leudado”, y es que la levadura se ha alimentado de una pequeña parte de la harina de la masa y la ha llenado de gas.

Ponemos la bola (con cuidado, no apretando) sobre el papel de horno, que estará cortado al tamaño apropiado para el horno que tengáis. Presionamos en la bola con los dedos en el centro hasta hacer un hoyo y vamos girando ampliándolo hasta que vaya cogiendo forma de rosco.

¡Cuidado!:
Hay que manejar esta masa con mimo para no expulsar el aire que la mantiene hinchada. No la apretéis ni estrujéis con las manos.

En este momento, antes de que el rosco esté totalmente terminado, abrimos con unas tijeras una “herida” por arriba para poner el haba en la masa (y, en otro lado, la figurita si tenéis una preparada) y cerramos con cuidado.

Recuerda: Si usáis figuritas, intentad que no sean de plástico (que sean de madera o, mejor aún, porcelana o cristal) y aseguraos de que no lleva pinturas ni compuestos que puedan ser perjudiciales. Las figuritas de juguete con la marca CE (en Europa) tienen que llevar pigmentos que no son tóxicos por si las chupa un niño pequeño, pero la mejor solución es envolverla bien en un trocito de papel de horno.

Cuando el rosco esté hecho (no lo hagáis demasiado fino) lo dejamos reposar durante una hora y media o dos horas. Seguirá hinchándose más, pero no lo toquéis ni molestéis.

Cuando creáis que ya ha crecido lo suficiente podemos encender el horno a 180ºC y, mientras se calienta, decoramos el roscón, primero pintándolo con yema de huevo (para que la corteza quede dorada y un poco más crujiente), después distribuyendo los trozos de fruta confitada y al final espolvoreando con un poco de azúcar glasé.

Lo llevamos con cuidado a la bandeja del horno y dejamos que se hornee unos 30 minutos o poco más para que las frutas no se quemen.

Sacadlo y dejad que se enfríe. Cuando esté frío y si queréis, podéis abrirlo como un bocadillo para rellenarlo con crema, chocolate o nata (pero hay que usar nata montada de verdad, porque las de espray se desinflan al cabo de un rato).

¡Que tengáis buenos reyes!


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