Pequeño LdN


El Intercambio Celestial de Whomba, por Guillermo Zapata y Mario Trigo

En el País de Whomba los dioses sirven a los hombres, a cambio de que estos crean en ellos. Cada semana conoceremos un poco más de este mundo y aquellos que se encargan de mediar entre los habitantes de Whomba y los dioses, los encargados de llevar a cabo el “Intercambio Celestial de Whomba”. El autor edita la bitácora Casiopea. Las ilustraciones son de Mario Trigo.

Cuento cuadragésimo sexto: "El final de Loona" (Parte 9 de 17)

Guillermo Zapata y Mario Trigo | 4 junio 2011



Nieve.

Sobre la nieve un rastro de sangre.

Avanzar, no desfallecer, no dejarse vencer. Cumplir el objetivo. Andar con la certeza de que el final no es éste. Está cerca, sí, pero todavía no. Ver la sangre que sigue manando de la herida. Seguir andando. Perder el sentido, notar el suelo helado contra la cara, el pómulo abierto, ardiendo, las manos llenas de llagas del frío y la sangre.

Dormir tirada contra el suelo, apenas tapada por la ropa, ahora hecha jirones. El uniforme convertido en poco más que un trapo.

Loona sabe como muere porque se lo dijo la diosa Fregha. Loona sabe que aún no es el momento, que queda una cosa por hacer.

El puente, ya está llegando al puente, el puente que ha cruzado tantas veces para ir y venir de Whomba. Con sus niños bajo el brazo. La ama de cría convertida en secuestradora, la maestra en perseguidora. Levanta la vista y puede ver el templo en medio de la ventisca. Las sombras toscas del conjunto.

Se sigue acercando. El contorno se hace retrato del abandono y la ruina.

―Lorimar…

Murmura. Como si susurrara a un amante. Como si nombrar la ruina le devolviera grandeza. No hay grandeza en ese cascaron vacío. Como en Loona: Hundida, derrotada.

Se arrastra por las escaleras del templo como una alimaña. Al entrar, en una de las fuentes, bebe agua hasta reponerse lo suficiente como para sostenerse en pie. Se apoya, sin embargo, en su fusil. En el arma regalada por los dioses, el gatillo de un gatillo. El cañón de un cañón, el arma de un arma. Eso es, ahora lo sabe. Un arma de los dioses, nada más.

Nada más entrar se da cuenta de que su instinto no se ha equivocado. Lo puede sentir en los huesos, en las manos crispadas por el tiempo. Nota que la rabia la consume un poco más.

Recorre las salas chillando. Sin poder articular palabras coherentes, solo un discurso animal y desesperado. Chilla mientras se interna en el templo. Chilla hasta llegar a las puertas del salón principal. Allí coge aire. Allí espera unos segundos. Luego abre la puerta usando los restos de su fuerza para separar las enormes hojas.

El salón principal. La sala del trono. Y Fregha, sentada en su pedestal.

―Hola, Fregha ―dice Celis. Y luego escupe sangre en el suelo.

Fregha no dice nada, se incorpora con un gesto indefinible. Está flaca, sus ropas están sucias, parece una muñeca vieja.

―Malos tiempos, ¿eh?

Frega siga en pie. No dice nada.

―¿No hablas? ¿No vas a preguntarme por lo que sucede? ¿Que hago aquí? ¿O ya lo sabes? Tú lo sabes todo, ¿no, Fregha? Diosa de los secretos, madre de Barlhar, dios del conocimiento. Aquella cuya belleza desafía todo Whomba. La que tapa su rostro para no cegarte con su aura.

Loona saca un puñal de entre sus ropas, corre con energía renovada hacia Fregha. Esta no se mueve, sus manos hacen un gesto casi de bienvenida. Loona la empuja con todas sus fuerzas y la diosa cae hacia atrás, golpeándose la espalda con la madera de su enorme butaca. El único sonido que emite la diosa es un gemido ronco.

Loona le arranca el velo de la cara y le pone el cuchillo en cuello. La bella Fregha ya no existe. Tiene los ojos hundidos, como si estuviera desnutrida, la boca destrozada en una mueca horrible, con dos cicatrices a ambos lados de los carrillos. Le han cortado la lengua. Loona incluso se sorprende al verla así.

―¿Esto es lo que queda de la legendaria diosa? ¿Has venido aquí a sentarte mientras esperas el fin de tu tiempo? ¿Has venido aquí a morir?

Loona mira a los ojos de Fregha e intuye una petición, un gesto en busca de ayuda.

―¡Ni siquiera tienes el valor de matarte tu misma!

Loona arrastra a Fregha por las salas, la coge de los pelos y estira de ella. Es una vieja enloquecida tirando de la cáscara de una mujer joven. La arrastra por el suelo y arrastra su poder con ella, pisa su gloria. La lleva hasta la puerta. Fregha no es más que un conjunto de sangre, agua piel y huesos.

―No eres una diosa, ni una mujer. Era algo más que pellejo. No mereces morir. Ninguno de los tuyos merece la muerte. Merecéis vagar por la nieve con una mínima carcasa y la memoria intacta. Porque la cabeza te funciona muy bien, ¿verdad’?

En un arrebato de rabia, Loona golpea la cabeza de Fregha contra el suelo del templo. La golpea una vez, dos veces, tres. Hasta que mana sangre de su cabeza. La diosa se derrumba, pero Loona no se lo permite. La pone de nuevo en pie a patadas.

―Esta casa ya no es tu casa, diosa. Secretos, conocimiento y mentiras. Eso sois, todo en uno. Vigilantes de la nada, titiriteros de muñecos demasiado idiotas para ver los hilos. Conspiradores sentados en el fondo de nuestro cerebro. Almas sin alma. Parásitos de la vida y el deseo. No merecéis la muerte.

Fregha la mira con los ojos hinchados por los golpes, con lágrimas cayéndole sin control. Están en la puerta del templo, casi en la nieve.

―Si quieres morir, cerda traicionera, muérete de frío.

Una última patada saca a Fregha de su propio templo. La diosa rueda escaleras abajo, sus huesos se fracturan. Mira en dirección a lo que consideraba su casa inmortal. Loona está cerrando las puertas tras de sí. Su cabello blanco se confunde con la nieve.

Fregha tose sangre, escupe sus propios dientes. Tiene los labios cortados y el frío invernal de la nieve le corta como un cuchillo. Intenta ponerse en pie, pero su propio cuerpo le falla. La nieve se empieza a amontonar sobre su cuerpo…

En el interior del templo, Loona recupera el aire. Está en cuclillas, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Los pulmones le van a explotar. Durante un momento ha recuperado el vigor alimentado por el odio contra Fregha, pero ahora vuelve a sentirse vieja y hundida y el destino vuelve a clarear su mente.

Deambula por las salas de templo, un recorrido errático, sin objetivo real. Quiere tocar las cosas, quiere recordarlas con las manos. De vez en cuando se queda quieta y, como una loca, rompe a chillar hasta quedarse ronca. ¿Cuanto tiempo está así? Ni ella lo sabe. La desesperación se va apoderando de su ser.

Saca la carta que le entregaron en Gulf, la lee una vez, dos veces, tres. La aprieta con sus manos. Le pega una patada a un armario. Está lleno de botellas que se desparraman. Coge una que no se ha roto y bebe, bebe sin parar. Sus sentidos están embotados. Chilla una vez más.

Y entonces, por fin, lo nota.

Algo despierta en su interior, una chispa mínima que se extiende por su cuerpo como si fuera hierba seca, una chispa que la incendia por dentro con un calor agradable, una sensación de poder y de confort. “Magia”- Se dice. Es magia. Nota la magia crecer en su interior y entonces comprende.

Recuerda durante un segundo el día en que se convirtió en Negociadora. Recuerda las palabras de Fregha: «Serás una de las más grandes Loona. Serás imbatible en combate porque combatirás sabiendo lo que nadie más sabe. Que nadie te matará jamás, que tu muerte llegará por tu propia mano. Que serás tu misma la que acabes con tu vida.».

Y ahora sus manos arden, y sus ojos arden y ella misma estalla en llamas. Y su cuerpo recorre las galerías de Lorimar gritando como un animal. Magia de sí misma que la consume. En su carrera empieza a subir las escaleras de la torre principal. Rompe la puerta cargando con todo el peso de su cuerpo contra ella. Las llamas abrasan su cuerpo. Fuera, la nieve, parece salvación y reclamo. Loona salta por la ventana desde la que durante tantos años ha visto la a sus discípulos partir. Como una bola de fuego se precipita al vacío.

Su último pensamiento es para Brutha. Su último segundo de consciencia está dedicado a su mejor aprendiz.

«Lo siento», piensa Loona mientras se precipita al vacío.


Comentarios

¡Sé el primero en opinar!

Deja un comentario

Recordar

Sobre Pequeño LdN



Archivo:

  • Listado de números
  • Mostrar columna

Créditos:

Un proyecto de Libro de notas

Dirección: Óscar Alarcia

Licencia Creative Commons.

Diseño del sitio: Óscar Villán

Programación: Juanjo Navarro

Mascota e ilustraciones de portada: Antonio G. de Santiago

Desarrollado con Textpattern


Contacto     Suscripción     Aviso legal


Suscripción por email:

Tu dirección de email: