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El Intercambio Celestial de Whomba, por Guillermo Zapata y Mario Trigo

En el País de Whomba los dioses sirven a los hombres, a cambio de que estos crean en ellos. Cada semana conoceremos un poco más de este mundo y aquellos que se encargan de mediar entre los habitantes de Whomba y los dioses, los encargados de llevar a cabo el “Intercambio Celestial de Whomba”. El autor edita la bitácora Casiopea. Las ilustraciones son de Mario Trigo.

Cuento cuadragésimo segundo: "Condiciones de paz en tiempos de guerra" (Parte 5 de 17)

Guillermo Zapata y Mario Trigo | 12 marzo 2011



―¿Vais a matarme?.

No parecía la frase que uno esperaría escuchar de un Dios de más de tres metro de alto, con aspecto de toro blanco y dos cuernos retorcidos como los de una cabra. Brutha miró a Mur y no pudo evitar recordar con cariño las mañanas en las que, siendo niña, acompañaba a Loona a hacerle ofrendas y se preguntaba por la magia del intercambio.

En la habitación estaba Celis, los hermanos Frosh, la propia Brutha y Trisgorm

El dios parecía débil y asustado, pero de alguna manera había conseguido atravear el cerco de Loona y su guarnición.

―¿Quién te envía? ―dijo Brutha.
―Ya… Ya os lo he dicho. Somos un pequeño grupo de dioses menores. Apenas una treintena. Estamos escondidos desde hace dos ciclos de luna, quizás más. No muy lejos de aquí. En Karsash.

Brutha miró a Celis. ¿Que era lo que se le pasaba a la maestra por la cabeza?

―¿Qué es eso de los dioses menores? ―dijo Celis.

Respondió la propia Brutha.

―Son dioses que no están en el consejo. Tienen poco poder.
―¡Exacto¡ Somos… pequeños, diminutos en realidad. Ninguna importancia.

Celis se alejó de la mesa. Miró a Brutha. Sus ojos decían “No me fío”.

―¿Por qué os escondéis? ―dijo uno de los hermanos Frosh―. Sois dioses.

No lo preguntó por curiosidad. Le hacía gracia ver a un dios asustado.

―Por Nansi. ¡Quiere matarnos¡

Brutha y Celis compartieron un momento de angustia. Un escalofrío recorrió a ambas.

―¿Quién es Nansi? ¿Cómo es? ―dijo Celis con cierta ansiedad.
―Es… ¿me prometéis que si os lo explico no me mataréis?
―Empieza a hablar y ya veremos ―dijo Celis. Brutha se sorprendi de la firmeza de sus palabras.

Se hizo el silencio.

―Los Dioses mayores crearon a Nansi… Para acabar con el dios renegado Nur. Por… precaución, por si el volvía a Whomba.

Celis dió un golpe en la mesa.

―¡Y Nur volvió¡ ¿Lo sabías? Y Nansi lo mató, como si nada. Y ahora… ¿está descontrolado?
―Podríamos decir que sí.

Brutha se acercó a Celis y le agarró del brazo.

―Tranquila. No pasa nada ―le susurró.
―Estuve muchos años sola con Nur, luchando por llegar aquí. Y cuando lo conseguimos… ¡Tú estabas allí¡

El Dios Mur levantó las manos en señal de paz.

―¡Yo no estaba allí¡ Nosotros no sabíamos nada de eso. Nunca nos cuentan nada. Lo prometo.
―¿Y ahora como lo sabes? ―dijo Brutha.

Mur la miró a los ojos. Sus pupilas eran casi del tamaño de la cabeza de la chica y pedían compasión a gritos.

―Nos lo contó Mighos…
―El Dios del tiempo ―dijo Brutha―. Es un Dios Mayor.

Celis seguía enfadada.

―Dijiste que solo eráis dioses menores. ¡Estás mintiendo¡ No sé porque perdemos el tiempo con ésto.

Brutha ignoró el enfado de Celis. Le hacía gracia ver a la que solía ser la más razonable perdiendo los nervios. Por el contrario, ella estaba muy tranquila. Al fin y al cabo, era la mejor negociadora de todo Whomba. Ya había estado frente a frente con muchos dioses.

―Así que Mighos, eh. ¿El te ha mando aquí? ¿Quiere él que nos cuentes ésto?
―Mighos nos avisó a los menores. Se ha separado de los suyos. Los mayores ahora sirven a Nansi. O eso dicen. Hace un ciclo de Luna llamaron a todos los menores y los mataron.

Los miembros de la sala se miraron. Todos recordaban el sueño que les había despertado hacia un ciclo. El sudor frío, las llamas.

―Nosotros no fuimos. Nos escondimos en el antiguo templo de Nur, en Karsash. Está abandonado.
―¿Así que los Dioses están muertos? ―Celis se acercó de nuevo a la mesa―. ¿Nansi los ha matado? ¿Es eso lo que has venido a decirnos?
―He venido a pedir asilo en Gulf. En nombre de los míos.

Celis soltó una carcajada llena de odio. Brutha, por el contrario, sonrió.

―¿Queréis que os protejamos? ¿De qué? Ese Nansi no nos persigue a nosotros- dijo el otro hermano Frosh.
―Os equivocáis ―continuó El Carnero―. Nansi viene hacia aquí, a por vosotros. Ha despertado la magia de los muchos habitantes de Whomba que ahora le sirven a él. Viene en una enorme caravana bajo el signo de la paz. Pero no es paz lo que busca.
―¿Y que busca? ―siguió Celis.

Mur la miró y suspiró.

―Poder. El vuestro, el nuestro. El de todos.
―Y si viene hacía aquí… ¿por qué queréis que os protejamos?― dijo Brutha.

Mur bajó la cabeza un segundo.

―Tenéis… tenéis la magia. Más que nosotros. Y estáis organizados.

Se hizo el silencio. Brutha se puso en pie.

―Tenemos que discutir tu propuesta. Celis, vamos fuera un momento. ¿Os importa? ―dijo al resto.

Los otros tres asintieron. Celis y Brutha abandonaron la sala. Cuando la puerta se cerró, Trisgorm se acercó a Mur.

―Yo soy de Kraal, allí rendíamos tributo a los dioses de la pesca. A ti también te entregábamos plegaria y a cambio nos dabas de comer todos los inviernos.

Mur sonrió.

―Quédate con ese bello recuerdo ―le dijo.

Trisgorm le devolvió la sonrisa y añadió.

―Ahora soy el encargado de la comida, aquí en Gulf. Utilizo la magia para cultivar el campo, se podría decir que soy una especie de “Dios de la Abundancia”, como tú. Pero nadie me rinde tributo, al contrario, dedico más horas que nadie al cuidado de la tierra… ¿Que hacías tú por la tierra?
―No te entiendo ―dijo Mur.
―A veces tenía la sensación de que evitabas conscientemente que tuviéramos suficiente comida para que te siguiéramos dando presentes.

Trisgorm volvió a sonreir sin perder la amabilidad. Mur tragó saliva.

Brutha consiguió que Celis se sentara en uno de los bancos del pasillo. La rodilla derecha de la maestra temblaba sin parar, puro nervio.

―¿Se puede saber qué te pasa?
―Dejaron que Nur muriera. Controlan la magia, mantienen este mundo en medio de la más absoluta oscuridad y ahora nos piden ayuda…
―Relájate, son solo dioses ―dijo Brutha.

Celis fue a responderle, pero se quedó con la palabra en la boca. Se le esbozó una sonrisa. De pronto, se estaba riendo.

―¿Cúal es el plan, entonces? ―dijo Celis.
―No, cual es tu plan. Dijiste que tenías uno, pero no lo contaste ―dijo Brutha.

Celis la miró sin entender.

―¿Qué importancia tiene eso ahora? ¿Qué vamos a hacer con este problema?
―Cuéntame tu plan, maldita sea ―insistió Brutha.

Celis se relajó un segundo y después empezó a hablar.

―Bueno, creo que la gente tiene razón. Hay que responder a lo que los dioses nos han hecho… pero si atacamos a Loona y el campamento, la gente lo verá y… será peor.
―Más ahora que el tal Nansi está reclutando para su causa de la paz.
―Lo que pensé es que… Deberíamos bloquear los templos.
―¿Bloquear los templos?
―Bueno, ahora no tiene mucho sentido ya que parece que no nos quedan dioses contra los que luchar. La idea era impedir el intercambio para reducir el poder real de los dioses. Una respuesta.
―Siempre había pensado en el intercambio como algo más… mágico.
―No, olvida eso. Mira lo que hacemos aquí. La magia que hacemos. Es pura energía. Los templos son como… almacenes de energía.
―¿Quieres decir que Gulf es una especie de templo gigante?
―Si, puede decirse así. Un templo de otro tipo, pero sí. Pero, ¿qué mas da? No hay dioses. No sirve para nada.

Brutha se quedó un segundo en silencio, mirando al suelo.

―¿Cómo pensabas romper el cerco?
―¿Recuerdas cúando os encontré a Morg y a ti? Me teletransporté. Lo puedo hacer desde que Loona mató a Xebra. Creo que podría conseguir que saltáramos a cualquier lugar de Whomba.
―¿Tú sola?
―No, con la energía suficiente podría hacer saltar a mucha gente. El problema es que perderíamos la empalizada y probablemente la conexión de las pantallas. Los que se quedaran cuidando la casa estarían solos.
―Eso si el campamento siguiera ahí.
―Si, claro. El campamento va a seguir allí, Brutha. Y además, insisto en que ahora no importa porque…

Brutha levantó la mano y le indicó que se callara un segundo.

―Crees que… ¿Crees que el poder de los dioses puede ser como esa… energía mágica?

Celis sonrió.

―Estoy convencida de que es exactamente la misma energía, solo que mucho más concentrada y durante mucho más tiempo. Creo que… en algún momento, de alguna forma se la cedimos y luego lo olvidamos o nos lo hicieron olvidar. Nur me lo contó, pero no lo recuerdo bien. Pero sí, estoy segura de que es la misma energía. La energía es siempre… energía. Los dioses, Nansi, nosotros, solo son formas de canalizarla.

Brutha volvió a guardar silencio.

―¿Y si los Dioses Menores guardaran la empalizada?
―¿Contra Nansi? Seguiríamos teniendo el problema de las pantallas. Se apagarían y Loona nos atacaría. Además, no quiero pactar con los menores.
―Yo tampoco quiero, pero uno no gana esta batalla con lo que quiere, sino con lo que tiene.

Celis se quedó callada un segundo.

―Si les damos asilo… tendrán que irse de Whomba. Y ceder todo su poder. Y protegernos.

Brutha le sonrió.

―Están aterrorizados. Puedo conseguir casi lo que quiera.
―De los menores puede que si, pero ese Dios del tiempo es otra cosa.
―Se supone que no quiere poder, que quiere ayudarles.
―Entonces que se quede aquí. Los menores se van y el se queda aquí y pierde su poder. Es lo mínimo por todo lo que han hecho.

Brutha asintió con la cabeza

―Entonces ellos guardarán la puerta junto a los que quedemos… el resto bloquearemos los templos.
―¿Para qué? No quedan Dioses.
―Para que nuestro poder no esté solo en Gulf, sino en todas partes. Haremos de cada templo un pequeño Gulf, le enseñaremos a la gente a usar la magia por toda Whomba. Contaremos nuestra historia… Así no habrá que depender de las pantallas.

Brutha se puso en pie.

―Espera un momento… ―dijo Celis―. ¿Y qué pasa con Loona y el campamento? No podemos atacarles.

Brutha fue hacia la salida.

―No te preocupes por eso ahora. Hay que someter la propuesta de paz al consejo antes de hablar con Mur.
―No, Brutha, me preocupo. No podemos dejar ningún fleco en el aire.

Brutha sonrió.

―Tranquila, de verdad, ya sé cómo acabar con Loona.


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