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El Intercambio Celestial de Whomba, por Guillermo Zapata y Mario Trigo

En el País de Whomba los dioses sirven a los hombres, a cambio de que estos crean en ellos. Cada semana conoceremos un poco más de este mundo y aquellos que se encargan de mediar entre los habitantes de Whomba y los dioses, los encargados de llevar a cabo el “Intercambio Celestial de Whomba”. El autor edita la bitácora Casiopea. Las ilustraciones son de Mario Trigo.

Cuento trigesimo quinto: "Una sola bala"

Guillermo Zapata y Mario Trigo | 27 noviembre 2010



La botella se hizo añicos contra el suelo de la tienda de campaña y despertó a Loona. Se había quedado dormida bebiendo, y el cristal se había deslizado entre sus dedos. Se despertó nerviosa, medio febril. Tenía sensación de resaca y la boca pastosa. Se sentía torpe, pero su mente funcionaba mejor que nunca. Casi podía sentir los pensamientos golpeando contra las paredes de su cerebro.

Se incorporó y deambuló por la tienda intentando decir algo, pero las palabras no le salían. Llevaba un camisón azul celeste y el pelo le caía largo y blanco hasta la mitad de la espalda. Pensó en sí misma como un fantasma borracho, como un jirón de niebla azul, casi transparente. Le vino una arcada… ¿Cuánto había bebido?

Intentó ir hacia la puerta, pero se cayó al suelo. Gerlem, uno de sus hombres de confianza, entró en la tienda. Estaba fuera, quizás esperando, quizás haciendo guardia. Como un guardián imperturbable. Se agachó para ayudarla y la cogió con sus brazos. Loona le sonrió. Tenía la cara muy cerca de su rostro, olió su fragancia y se dejó embriagar por ella. Sacó la lengua y se la pasó por los labios. Gerlem retiró la cabeza. Sin asco, de una forma ritual. Como había hecho tantas otras veces. Cuando Loona bebía solía hacer esas cosas. La anciana cazadora ni siquiera se avergonzó.

«Son mis soldados, puedo hacer con ellos lo que yo quiera», pensó.

—Mi señora, tenga cuidado —dijo Gerlem.

La incorporó y la llevó hacia la cama cubierta de pieles que había en el interior de la tienda, pero Loona se resistió. No quería ir a la cama.

—Mi ropa —acertó a decir señalando uno de los armarios de la estancia.

Gerlem obedeció sin rechistar y, a los pocos minutos, una Loona tambaleante estaba vestida con su ropa de oficial. Se había echado agua en la cabeza un par de veces: Un agua helada, que mantenían fresca en arcones refrigerados. Era el mejor remedio que conocía contra la resaca.

—Fuera —dijo Loona—. Acompáñame.

Al salir cogió su rifle. Loona nunca lo dejaba lejos de si demasiado tiempo. Algunas noches dormía con él.

En el exterior, la luna iluminaba el campamento de la milicia. Al fondo del valle se podía ver Gulf, en medio de una formación montañosa no demasiado alta y ahora rodeada por los puestos de guardia que Loona había ordenado construir. De eso hacía casi un mes. Un mes de asedio. Un mes en los que nadie había podido entrar o salir de Gulf… Y ningún movimiento.

Loona había dispuesto su propia linea de suministros y tenía fuerzas para resistir al menos seis meses más, pero cada día que pasaba y Gulf seguía sin caer, era una vergüenza para ella y una afrenta para los dioses y los ciudadanos de Whomba.

Había pasado la última semana encerrada en la tienda, bebiendo hasta quedar inconsciente. Los soldados que la acompañaban habían mantenido la discreción, pero aquellos que no pertenecían a los cazadores empezaban a hablar. Lo notaba por cómo la miraban. Brutha la había traicionado y ahora la humillaba cada día con su resistencia. Pero esa noche iba a acabar todo.

Gerlem caminaba detrás de ella, los dos avanzaban a buen paso y algunos soldados más se les habían unido al ver la determinación en los movimientos de Loona.

La idea le había venido durmiendo. Imaginó que los dioses la habían implantado en su cerebro de alguna manera. Pensó que ella misma no era más que un arma. Que no era dueña de sus propias decisiones. Pero luego desechó voluntariamente la idea. Esto era por ella misma. Esta era su mente y sus decisisiones. Humillada por su discípula, cuestionada por todos, abandonada de sí misma.

Llegó a la parte superior del campamento y se puso la escopeta al hombro, apuntando en dirección a Gulf.

—Mi señora, ¿qué está haciendo? —dijo Gerlen.
—Voy a hacerles salir —dijo Loona—. No te preocupes, sé perfectamente lo que hago.
—Señora, la líder de Gulf, Brutha… Ella es respetada en Whomba. La recuerdan de cuando era Cazadora. No puede matarla.

Loona miró a Gerlen un momento. Luego sonrió.

—No voy a matarla a ella.

En el campamento de Gulf estaba reunida la asamblea de la comunidad.

Alrededor de un fuego sin leña impulsado por la magia, los miembros de Gulf hablaban: Hablaba Trisgorm, el encargado de la alimentación de la comunidad. Hablaban los hermanos Frosh, que habían estado en primera fila de batalla durante la primera parte del asedio, hablaba Celis, acompañada de Thogos. Solo Brutha callaba, escuchando lo que los demás tenían que decir. Aunque estaba, esencialmente, de acuerdo con ellos. La victoria en la primera fase del asedio había evitado su destrucción y su muerte, pero ahora se abría una nueva fase y debían pensar bien qué hacer.

La subsistencia no era, por el momento, un problema. La magia les permitía ser autosfucientes. Pero el perímetro controlado por los cazadores de Loona ya estaba impidiendo día a día que la gente que quería entrar en Gulf pudiera hacerlo. También impedía que se lanzaran otras comunidades de magos en otros lugares. Además, sabían que tarde o temprano intentarían algo para desestabilizarles.

Brutha abandonó el consejo algo cansada. Hacía días que no dormía bien. La tensión se le estaba pegando al cuerpo y un dolor de espalda que ya casi reconocía como parte de sí misma, se había unido unas constantes jaquecas. A veces desearía poder dejar de pensar, aunque fuera un segundo.

Se acercó a la empalizada (que habían vuelto a materializar para su propia defensa) y subió por el lado norte. Los guardias con los que se iba encontrando la saludaban con un movimiento de cabeza en señal de respeto. En la empalizada estaba Morg.

—¿Cúanto hace que no duermes? —dijo la chica como saludo.

El hombre lobo la miró y sonrió con un gruñido agradable y profundo.

—Ya dormiremos cuando seamos viejos.

Brutha se rió.

—Ultimamente te ríes mucho más. ¿Es por ese científico? ¿Te hace reír? —Morg la miró con su propia versión de “sonrisa complice”.
—¿Científico? No sé de qué me estás hablando.
—Ya.

Se hizo el silencio entre los dos.

—Me gusta —dijo Brutha—. Y yo le gusto a el.
—¿Y a qué esperáis?
—A que todo esto se calme, supongo —dijo Brutha.

Morg miró al cielo un segundo.

—Brutha, tengo la sensación de que no se va a calmar nunca. El camino que hemos elegido… Nunca lleva a su fin.
—Eso es de lo más reconfortante —Brutha le dió un golpe a su amigo.

Loona ajustó la mira de su arma en un punto indeterminado que no podía ver, pero podía sentir. Un arma que era el regalo de los dioses. Un arma que nunca fallaba. Tocó suavemente el gatillo. Así acabaría todo: un disparo, un muerto. Brutha clamaría venganza, se enfrentarían. La líder de Gulf caería, Gulf caería con ella.

Notó la energía del arma circulando por su propio cuerpo. Se acomodó… Y apretó el Gatillo.

Brutha solo escuchó el sonido de algo que atravesaba el aire más rápido que la propia luz. Después el impacto. La cabeza de Morg que cae hacia la derecha. El cuerpo que se desploma. La propia Brutha que se lanza sobre él con un grito, la sangre que mana sin parar… Las lágrimas brotando de los ojos de ella. El rostro de él, su pelaje lleno de sangre fría. La bala que horada piel, músculo, hueso.

Una sola bala. Una bala de los dioses. Horada piel, músculo, hueso.

La vida que se escapa.


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