Pequeño LdN


Con las cosas de comer, por Miguel A. Román

Cocinar no es un juego. Lo que hagamos aquí vamos a comérnoslo; así que mucha atención, disciplina, buen gusto y ganas de trabajar. Cada quince días una historia y una receta que podéis preparar vosotros mismos. A cocinar.
El autor de esta sección participa en Libro de Notas con una sección de cocina y otra de lengua.

La ballena verde del verano

Miguel A. Román | 3 julio 2010

Pablo Neruda fue un poeta chileno, uno de los mejores poetas en lengua española de todos los tiempos. Neruda escribió grandes poemas de amor, como también duras poesías contra la guerra y el odio.

Pero también era un hombre sencillo y muchos de sus versos cantan a las cosas que le eran familiares; incluso la comida: compuso odas al caldo de pescado, a la manzana, a la cebolla, a la alcachofa, al vino y a esta fruta redonda y enorme que es la delicia de niños y mayores en verano:

Oda a la sandía

El árbol del verano
intenso,
invulnerable,
es todo cielo azul,
sol amarillo,
cansancio a goterones,
es una espada
sobre los caminos,
un zapato quemado
en las ciudades:
la claridad, el mundo
nos agobian,
nos pegan en los ojos
con polvareda,
con súbitos golpes de oro,
nos acosan
los pies
con espinitas,
con piedras calurosas,
y la boca
sufre
más que todos los dedos:
tienen sed
la garganta,
la dentadura,
los labios y la lengua:
queremos
beber las cataratas,
la noche azul,
el polo,
y entonces
cruza el cielo
el más fresco de todos
los planetas,
la redonda, suprema
y celestial sandía.
Es la fruta del árbol de la sed.
Es la ballena verde del verano.

El universo seco
de pronto
tachonado
por este firmamento de frescura
deja caer
la fruta
rebosante:
se abren sus hemisferios
mostrando una bandera
verde, blanca, escarlata
que se disuelve
en cascada, en azúcar,
¡en delicia!

¡Cofre de agua, plácida
reina
de la frutería,
bodega
de la profundidad, luna
terrestre!

¡Oh pura,
en tu abundancia
se deshacen rubíes
y uno
quisiera
morderte
hundiendo
en ti
la cara,
el pelo,
el alma!
Te divisamos
en la sed
como
mina o montaña
de espléndido alimento,
pero te conviertes
entre la dentadura y el deseo
en sólo
fresca luz
que se deslíe,
en manantial
que nos tocó
cantando.
Y así
no pesas,
sólo
pasas
y tu gran corazón de brasa fría
se convirtió en el agua
de una gota.

{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}{O}

(por cierto, en Chile es ahora invierno; allí las comen por navidad)

Hoy casi no haría falta receta, pues la mejor forma de comerse una sandía es partirla en rajas y morder con ansia dejando que parte del caldillo resbale por las comisuras de la boca, en bañador, claro, porque mancha.

Pero como las sandías suelen ser grandes y a veces envejecen en la nevera (donde, además, ocupan mucho espacio) esta receta puede ser una buena idea para aprovecharla, además de ser tan refrescante o más todavía que la fruta cruda: Sorbete de sandía. (por cierto, no sé quién la inventó, pero sí que el primero que la escribió fue Juan de la Mata, un cocinero español, en 1747 ¡Hace más de 250 años!)

Personal:
– 1 ó 2 alevines (más de 8 años)
– 1 adulto

Ingredientes:
– 1 kg de trozos de sandía (pesados sin cáscara)
– 250 dl. de agua (un vaso)
– 250 gr. de azúcar (un vaso, pero no uséis el mismo vaso para medir el agua o se pegará todo el azúcar)
– El zumo de 1 limón
– Hojas de menta o hierbabuena (no son imprescindibles, solo para adornar)

Material:
– Batidora
– Cazo mediano
– Bolsas de plástico para congelador con cierre (varias)
– “Túper” (fiambrera de plástico) ancho
– Cuchara de madera

Procedemos:
Ojo: hay que comenzar varias horas antes de estar listo porque tiene que congelarse.

Antes que nada preparamos almíbar: se pone el agua a calentar en el cazo, a fuego medio y cuando ya esté caliente (pero antes de que hierva) disolvemos el azúcar en el agua, removiendo con la cuchara hasta que esté bien disuelta y el agua se quede “densa”. Añadimos entonces el zumo de limón y revolvemos un poco más para que se mezcle todo.

Mientras se enfría nos entretenemos en retirar todas las semillas de la sandía (aunque ahora hay sandías sin semillas, pero es mejor asegurarse). Echamos los trozos de sandía en la batidora y la trituramos a velocidad baja, ya que si la trituramos con mucha fuerza se quedará una cosa espumosa y preferimos que sea bastante líquida.

Después añadimos el almíbar a la batidora, sin sacar la sandía triturada, cuidando de que ya se haya enfriado un poco. Damos un poco más de batidora para que todo se mezcle, y echamos la mezcla en las bolsas de plástico.

¡Cuidado!:
No debe estar muy caliente pues podría derretir el plástico. El almíbar tarda en enfriarse, es mejor esperar, pero no lo pongáis en nevera porque se pondrá muy espeso.

Cerramos bien las bolsas, asegurándonos de que no se puede derramar (pero no seáis brutos: no apretéis la bolsa) y las ponemos en el congelador. Las bolsas con “autocierre” suelen aguantar bastante bien, pero si no nos fiamos o no tenemos, podemos hacerles un nudo. Por si las moscas las pondremos en el “tuper”, que además evitará que la bolsa se pegue al hielo del congelador.

Ahora las dejamos en el congelador una media hora y pasado ese tiempo sacamos cada bolsa y la “masajeamos” con cuidado para que el hielo que se va formando se mezcle. Esta operación deberíamos repetirla un par de veces para conseguir que el sorbete quede cremoso y homogéneo.

Recuerda: el almíbar en el congelador de casa no hará hielo “duro”, pues se requiere mucho más frío para eso. El agua, al tener tanto azúcar en disolución, se congela a temperaturas más bajas, un efecto llamado “crioscópico”. Esta es la base de los sorbetes, que fueron inventados hace ya muchos siglos por los chinos. A Occidente lo trajeron los turcos a través de Italia. La palabra sorbete proviene del árabe “sherbeh”.

Para servir queda muy bonito en copas, adornados con una ramita de menta y tomado con cucharilla, pero también puede ponerse en vaso y sorberse con una pajita ancha como si fuera una “granizada”.


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